La verdadera crisis

Reinaldo Barría
Kinesiólogo
Director Comunicaciones CONFEDEPRUS

Si la llegada del virus era inevitable, Chile, así como la mayoría de los países latinoamericanos, corría con ventaja para enfrentar esta pandemia: teníamos más de 2 meses de ventaja para prepararnos. Surgen, entonces, 2 preguntas: ¿nos preparamos adecuadamente? ¿Podríamos haber evitado la llegada del virus?

¿Por qué teníamos que prepararnos si tenemos, según palabras del Ministro de Salud, Jaime Mañalich, uno de los mejores sistemas de salud del planeta? En esta lógica, se supone que no tendríamos nada que preparar, pues ya deberíamos estarlo por ser “los mejores”. Lo cierto es que Chile dista mucho de tener el mejor sistema de salud del mundo. Los indicadores que llevan al Ministro a tal aseveración se basan en índices como mortalidad infantil, esperanza de vida y la relación PIB destinada a Salud, pero no toma en cuenta el número de camas por habitantes, la carencia de especialidades médicas, de profesionales no médicos, de infraestructura e insumos, de integración de la red, de oportunidad en la atención y, más aún, de un real sistema de seguridad social integral. En definitiva, la evidencia nos muestra que el gobierno no se preparó para combatir esta pandemia, no invirtió los recursos necesarios. Imposible cerrar la brecha histórica a lo largo de distintos gobiernos de diferentes colores políticos, pues todos han actuado bajo el paraguas de un modelo económico neoliberal extremo que jibariza los sistemas de salud.

Alguien podría decir, momento ¡pero si llegaron ventiladores mecánicos y hoy insumos! A ellos decirles que esto no se produjo por gestión gubernamental, sino por iniciativas empresariales, las cuales le dieron el crédito a las autoridades de gobierno, sólo para “solucionar” declaraciones del presidente, quien en marzo señaló que se habían realizado compras de estos aparatos en el mes de enero.

La respuesta a la otra pregunta (¿podríamos haber evitado la llegada del virus?) podría resultar controversial si decimos que sí, era posible, pues la lógica de muchos, en un mundo globalizado, indica que no lo era. Si se hubiese decretado estado de alerta sanitaria precozmente, se habrían cerrado las fronteras de manera temprana y hubiésemos tenido un control estricto de quienes retornaban al país, poniendo en cuarentena preventiva a todos aquellos que llegaban de países donde ya existía el virus, hoy los resultados serían muy diferentes. Estamos seguros que los costos económicos, sociales y de vidas habrían sido mínimos. No es demagogia realizar estas aseveraciones, la lógica nos decía -y nos sigue diciendo- que eran las acciones que debían tomarse, tal como actuó Nueva Zelandia o la aislación total que realizó China de la región de Wuhan. Claramente primó la razón económica, con una visión miope queriendo mantener el crecimiento económico sin prever los resultados de una estrategia parcial que ya veíamos en diferentes países europeos.  Esas acciones tempranas, que podrían parecer drásticas o desproporcionadas eran, sin lugar a dudas, las que debieron haberse tomado.

Hoy ya es tarde, no se realizaron. ¿Qué nos queda? Estamos en cuarentena total en la provincia de Santiago, más otras 6 comunas de la Región Metropolitana. ¿Ayuda esta medida? Sí, por supuesto. ¿Es oportuna esta medida? No, no es oportuna, los datos son claros, el nivel de contagios llegó a tal punto que se hizo imparable. Lamentablemente como el control inicial no se hizo, debió, al menos, haberse implantado desde fines de marzo o principios de abril y no en todo Chile, sino fundamentalmente en la Región Metropolitana, por la simple razón que en ella viven 7 millones de personas y su nivel de movilidad es extenso, con desplazamientos desde la comuna de Colina a Puente alto o Melipilla a Lo Barnechea. Esta movilidad es la principal causante del contagio, agravada por un sistema de transporte precario en el que sus usuarios y usuarias se transportan como sardinas enlatadas, donde la desigualdad social, económica y cultural impide un control mínimo en las medidas de autocuidado, con una población migrante que vive hacinada en “cités”.  Por otro lado, se debió implementar cuarentenas totales en aquellas regiones donde el nivel de contagio se hubiese incrementado rápidamente, como la región de Ñuble, por ejemplo.

El fracaso de la estrategia de cuarentenas parciales del gobierno es evidente. El objetivo de disminuir los contagios y aplanar la curva no se cumplió. Enrostrarle estos resultados a la autoridad no es nuestra motivación, decir “lo dijimos” no es lo que nos mueve, al contrario; nos entristece. Nos encontramos en un estado de frustración inmensa, impotencia frente al sufrimiento de miles de chilenos que sufren por no tener qué comer, que se contagian y no reciben la atención oportuna. Ver cómo nuestros compañeros y compañeras de salud se enfrentan día a día, muchas veces sin los insumos mínimos necesarios, a los efectos de esta estrategia fracasada.

¿Cuál es la razón, entonces, del porqué no se adoptaron estas medidas? Hemos teorizado en columnas anteriores sobre estas razones, pero la respuesta no la conocemos a ciencia cierta, sin embargo, podemos señalar que una de estas razones puede deberse a tratar de ocultar la verdadera crisis de nuestro país. El sistema económico imperante en Chile tiene a más de 3,5 millones de personas como trabajadores/as independientes, con trabajos informales, viviendo el “día a día” y donde muchos y muchas de ellos/as son el principal sustento de sus familias, con sueldos que muchas veces no alcanzan siquiera al ingreso mínimo. Hoy vemos el colapso de esas familias y de esos trabajadores,  evidenciamos esta realidad, la inequidad y desigualdad provocada por seres humanos gobernados por la avaricia, usura y egoísmo, que sólo se dedican a llenarse los bolsillos sin importarles la realidad de miles de chilenos y chilenas, donde el poder económico ha cooptado a políticos que se benefician de una Constitución hecha a medida del modelo económico. Una realidad que explotó el 18 de octubre del año pasado y que este gobierno aún no quiere ver, con un sistema de salud que colapsa todos los inviernos, que no da garantía de oportunidad ni calidad en la atención, con brechas históricas en RR.HH. e infraestructura, adultos mayores desprotegidos, vulnerables, con pensiones miserables, dejados a su suerte y en la indefensión absoluta. Familias hacinadas, que habitan departamentos de 35 metros cuadrados, escolares y universitarios que los hacen estudiar vía online, en circunstancias que no cuentan con un computador o Internet, y menos espacio físico adecuado para ello. La situación de indefensión, vulnerabilidad y discriminación en que se encuentran quienes nacen o tienen una discapacidad. Leyes laborales que benefician al empresariado y un sistema económico que no impulsa la industria nacional ni salvaguarda los recursos naturales, permitiendo su explotación indiscriminada. ¡Esta es la verdadera crisis!

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